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Sundae

El Hotel Bulgari de Londres había sido reformado en varias ocasiones, datando la última renovación de 2076. En su restaurante, las lámparas de cristal alumbraban con destellos ambarinos las mesas primorosamente vestidas de seda plateada. Todo el local se asomaba a un frondoso jardín interior gracias a unos ventanales que alcanzaban el techo y bajo los cuales unos coquetos reservados abrazaban mesas de cuatro comensales. El lugar estaba completamente vacío y un ligero y continuo zumbido constituía el único sonido de la sala.

Sundae se acercó cojeando hasta el reservado más alejado de la puerta de entrada y se sentó de espaldas al jardín. Tenía veintiséis años y su naturaleza de repositora de avanzada edad resultaba ostensible por su terrible aspecto físico. Repositora y mujer, circunstancia esta última que comprometía gravemente sus posibilidades vitales. Tuerta del ojo derecho, Sundae estaba completamente calva. Su escasa vestimenta dejaba ver los grandes parches cuadrados que evidenciaban la piel vendida tiempo atrás. Cicatrices viejas y nuevas. Su rostro y también su único ojo tenían el color amarillento de la ictericia y, en lugar de manos, Sundae balanceaba unos muñones que únicamente conservaban los dedos índices de cada miembro como garfios naturales. Cada centímetro de su piel denunciaba las partes de su cuerpo que se había visto obligada a vender para, paradójicamente, conservar su vida, y la de sus hijas. Y luego estaba todo lo que no se veía: las decenas de subrogaciones de útero, la continua venta de sangre y de médula, la prostitución.

En el nuevo orden mundial, ningún repositor trabajaba. Solamente la élite lo hacía, constituida por los ingenieros que diseñaban y programaban las máquinas. Sólo ellos tenían un trabajo y además remunerado. Los robots creados por los ingenieros acaparaban desde hacía años todo el trabajo disponible. Por tanto, los repositores no podían ni siquiera vender su fuerza de trabajo.

Sundae se esforzó por superar las fuertes nauseas que empujaban desde el estómago para pedir al camarero una botella de vino. El amable androide del modelo Pal Premium llegó zumbando y evidenciando así que él era el responsable del sonido que Sundae oyera al entrar. Sundae eligió el vino al azar, un Somontano “español” como podía leerse junto al precio, señalando con el índice un ítem de la lista de la carta de vinos e indicándosela de este modo al camarero. Los robots camareros eran capaces de escuchar y de hablar, con enorme cortesía además, pero aquella mujer no pertenecía a la élite y el sistema de reconocimiento del Premium Pal así lo determinó. El pequeño cerebro del robot no pudo computar esa nueva situación y lanzó una excepción que detuvo el programa, de modo que el silencio fue el único return.

El precio de la botella era considerablemente elevado y por ello Sundae pensó que se trataría de un producto fino y de calidad. Esta ocasión sería la primera y última en que Sundae tomaría vino, pues está totalmente prohibido que los repositores comprometan la salud de sus órganos con sustancias como el tabaco, el alcohol y demás drogas. Los ingenieros requieren tejidos y órganos en impecable estado de funcionamiento y rechazan cualquiera con el más mínimo signo de deterioro. Tienen donde elegir, así lo ha organizado el nuevo orden.

Desde hacía algunos años, el registro civil solamente inscribía a los ingenieros, pues los repositores eran tan abundantes, que la élite decidió evitar a los robots el trabajo extra de censar a la masa que se multiplicaba como los conejos e invadía el planeta de punta a punta, como hormigas. Es por ello que los repositores se nombraban entre sí, con la espontaneidad de la incultura impuesta desde arriba. Las hijas de Sundae se llaman Muffin y Kreamball, como los conocidos helados de la multinacional del pollo frito. Y ahora, mientras Sundae hace bailar el vino en su copa y se humedece la lengua con él, piensa en ellas. Gracias a la última venta de Sundae, Muffin y Kreamball tendrán la posibilidad de vivir como los antiguos, sin exponer su vida al riesgo continuo de las amputaciones. Y de marcharse. Gracias a ese dinero recién obtenido podrán llegar al Atolón, a sus bosques sin suministro eléctrico, donde no llegan los ingenieros. Nunca sin sus máquinas.

Y justo eso es lo que Sundae está celebrando con el maravilloso vino que brilla en su copa con fulgores de sangre espesa. Alza su copa y mira de frente a la nada: va por ellas. El vino deleita su paladar, acaricia su garganta, calienta su pecho.

 

Sundae introduce el muñón de su mano derecha bajo la harapienta camiseta para buscar y después acariciar la costura que cierra el hueco que ocupaba su hígado. Y aunque ya no podrá metabolizar el vino, todavía conserva el olfato y la sensibilidad para disfrutar de ese último momento. Sundae levanta el dedo índice y pide otra botella al robot camarero. Con toda seguridad, la última. 

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Comentarios: 5
  • #1

    ana martinez (domingo, 29 julio 2018 09:42)

    Decididamente genial, capaz, por un breve espacio de tiempo,de transportarte a una situación de extrema dureza dando al relato tintes de verosimilitud.Me gusta.Enhorabuena Esperanza.

  • #2

    Emilio Barrenetxea (lunes, 30 julio 2018 08:26)

    Una alegoría previsible bien sintetizada: me agrada tu sentido de la economía de lenguaje.
    Un saludo y enhorabuena.

  • #3

    Esperanza Manzanera Velmock (martes, 31 julio 2018 16:04)

    Gracias por vuestros comentarios, Ana y Emilio. Me alegra que os haya gustado el relato, que ya tenía casi olvidado hasta que descubrí por casualidad que quedó finalista en un certamen.
    Respecto al futuro que planteo en este relato, mi verdadera aspiración es: ¡equivocarme!
    Un abrazo, y gracias por visitar mi blog.

  • #4

    Tina (miércoles, 01 agosto 2018 14:17)

    Muy interesante este relato de ficción, enhorabona!

  • #5

    Esperanza Manzanera Velmock (jueves, 02 agosto 2018 08:44)

    Gracias, Tina, me alegro de que te haya gustado :)))