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La mujer transparente

Ese martes por la mañana, exactamente a las ocho y veintitrés minutos, la mujer transparente cumplió cincuenta y dos años. Como suele ocurrirle al común de los mortales, ella tampoco sintió nada especial. Fue al peinarse frente al espejo cuando notó que la piel de las sienes se había afinado y lucía una recién adquirida translucidez. Además, una protuberancia en forma de vena azulada se había instalado a cada lado de su rostro. La mujer miró entonces la cara interna de sus muñecas y observó el mismo fenómeno: la piel era muy delgada y las venas, cómo decirlo, estaban cada vez más cerca de la superficie y, qué insólito, parecían a punto de emerger, como si buscasen aire que respirar. Y lo mismo ocurría en la piel de los tobillos, alrededor de los ojos y en las cada vez más huesudas clavículas. El extraño proceso era especialmente visible en la piel que cubría el esternón, de modo que podía adivinarse sin dificultad el corazón latiendo entre las costillas.

 

La mujer se vistió apresuradamente con la idea que la calle y el ajetreo del trabajo le hiciesen olvidar estas imaginaciones macabras, esta alteración perceptiva fruto, a buen seguro, del  abandono hormonal al que le estaba sometiendo el inicio de la menopausia.

 

Al caminar por la calle buscó con sus ojos la mirada de los transeúntes queriendo averiguar si alguien más aparte de ella era capaz de percibir el rápido deterioro de su organismo. Pero ni el joven de la moto, ni la niña cogida de la mano de su padre o el tendero en la puerta de su frutería, ni tampoco el camarero de la cafetería en la que entró a desayunar, cruzaron la vista con ella. De hecho, cuando la mujer fue a la barra para pagar la cuenta, el camarero miró a través de ella, y atendió a una joven de hermosa melena anaranjada que le llamó con un gesto desde una lejana mesa y que también observó al camarero a través de la cabeza de la mujer.

Minutos más tarde, la mujer subió las escaleras hasta el primer piso y llamó a la puerta del despacho de su jefe. Oyó como la grave voz le daba permiso para entrar y entonces ella se situó de pie frente a su jefe, sentado tras la gran mesa de madera. El hombre tenía el rostro mapeado por las venitas que el exceso de alcohol enciende en la fina piel de las mejillas. El jefe escuchó cortésmente la petición de la mujer, un sensato por insignificante aumento de sueldo, y afirmó que la estudiaría atentamente, pues la consideraba justa y pertinente al tiempo que alabó su trabajo en la modesta empresa familiar. Durante toda la conversación la mujer sintió que el proceso que sufría se estaba acelerando, y que ahora sería ostensible para cualquiera que se fijase en ella. Pero, qué fortuna, nadie se fijaba en ella. Su jefe sí parecía mirarla, pero en realidad sus ojos alcanzaban algún objeto situado detrás de ella, la puerta, quizá. Cuando la mujer se marchó del despacho, el hombre se quedó examinando la extraña impresión que había sentido: la mujer no había salido por la puerta sino más bien a través de ella. Y tras apartar ese pensamiento de un manotazo mental, olvidó la petición de la mujer y a la mujer misma, y lo hizo para siempre.

Por la noche, la mujer transparente se acostó aterrorizada por la rapidez del fenómeno que esa misma mañana se había iniciado. Temió amanecer con todo su interior a la vista: los órganos, los huesos, los tendones, los humores, las arterias, los alveolos... Y fue entonces, cuando pretendió taparse los ojos con las puntas de los dedos y estos se hundieron hasta tocar el cráneo, cuando supo que se iría de este mundo así, poco a poco, volviéndose transparente, desde fuera hacia dentro.

 

Dos días después, el marido se extrañó de que, aunque su mujer llevaba desaparecida desde la noche del martes, el hueco de su cuerpo sobre el edredón todavía estuviese caliente. El hombre se sentó en el borde de la cama que había compartido con ella durante quince años. Y entonces una tenue nube se adueñó de su  mente, al tiempo que una somnolencia ofuscó sus ojos y, antes de caer rendido, se preguntó si realmente había estado alguna vez casado y quién podría haber sido esa mujer.

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Comentarios: 3
  • #1

    Emilio Barrenetxea¿ (domingo, 19 agosto 2018 16:52)

    ¿Lindando lo gótico?
    ¿O es ironía?
    ¿Ironía gótica?

  • #2

    Esperanza Manzanera Velmock (lunes, 20 agosto 2018 09:31)

    Las dos cosas, Emilio, ¡buena caracterización del texto!
    Gracias por tu visita,
    Esperanza.

  • #3

    Mariló Jiménez Bastida. (martes, 21 agosto 2018 11:18)

    Inquietante y sensible a la vez. Gracias Espe por mantener nuestro espíritu enriquecido y nuestra mente activa. Ya lo había leído, pero, como las buenas creaciones, esta crece con la relectura!