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Un hotel frente al mar

 

En plácida armonía, ancianos y gatos dormitaban en el gigantesco hall del hotel a merced de una brisa marina con intenciones de galerna. Ancianos los clientes y muchos de los camareros y empleados, en ocasiones indistinguibles los unos de los otros. Pero todos ellos tenían en común esa felicidad en el rostro que proporciona el tiempo varado. Cuando nos hallamos a mitad de un puente festivo, en la espera obligada de la convalecencia o aguardando el último viaje sin retorno, la premura desaparece y todo posible horizonte ya se ha marchado llevándose las prisas y los apuros.

            Días después y para escándalo de sus médicos de cabecera, muchos de estos ancianos se convertirán en plusmarquistas que exhiben orgullosos sus analíticas, pulverizando todos los records en cuestiones de colesterol, triglicéridos y azúcar. Otro huevo, un poco más de bacon, y cómo se escapan las aceitunas. Un día es un día, y otro día, pues es otro día.

Este tipo de cliente se caracteriza por su caminar titubeante e indeciso, que en lugares atestados obligan a interpretar una coreografía generalizada e involuntaria a los demás. Plantados como esfinges inmemoriales, esperan la reposición de la agotada bandeja de dulces con una visión periférica mejorada por sus lentes ultra correctoras, tanto que se dice que algunos de estos ancianos poseen una visión del 120%.

En este hotel tomado por el IMSERSO también se aloja un grupo de jóvenes británicas que han venido a celebrar la despedida de soltera de una de ellas. De la que va vestida de hawaiana de la mañana a la noche, de la noche a la mañana. Las jóvenes se levantan pronto y deambulan por el hotel entre el desayuno y la comida, entre la comida y la cena. Después en la pista de baile las vemos bailando “Bailando” de Enrique Iglesias rodeadas por decenas de ancianos que no saben quién es el de Miami. La pregunta obligada es: ¿de qué se despide esta novia?

Uno de los gatos se ha quedado encerrado entre las puertas giratorias y numerosos y divertidos clientes intentan ayudarle a salir, de modo que todas las puertas se abren al mismo tiempo y el círculo queda completamente abierto a la calle y al hall. El gato, sabiamente, desprecia la ventosa calle y se interna en el hall del hotel.

 

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Emilio Barrenetxea (miércoles, 29 agosto 2018 15:13)

    O sea que es un hotel de Levante como todos pero con gato encerrado.
    Pero en el Mediterráneo no hay galernas, que son cosa del Cantábrico.
    ¿No será ése el gato encerrado?

  • #2

    Esperanza Manzanera Velmock (miércoles, 29 agosto 2018 16:18)

    Gracias por tu comentario, que me ha enviado directa de cara a la pared castigada :)))
    Escribí ese relato hace tiempo, a lo mejor la RAE ya acepta galerna como brisa mediterránea ;) Un saludo.