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El tatuaje de mi doble.

El tatuaje de mi doble.

Las dos perritas tiraban de sus correas en todas direcciones, extrañadas por mi conducta. El paseo se había interrumpido bruscamente sin motivo aparente. El caso es que yo no podía dar un paso más. Me quedé plantada en la acera entre el escaso grupo de viandantes que esperaban la apertura del semáforo para proseguir su marcha. Y entre ellos, una mujer exactamente igual a mí. Llevaba gafas de sol y mascarilla, así que no pude ver su rostro. Sin gran disimulo, le robé un par de fotos con el móvil que siempre llevo colgado de su carcasa a modo de bandolera, para tenerlo siempre a mano y evitar que se me escape, como decía Robert Cappa, el instante decisivo. Y este, desde luego lo era. 

El parecido de la parte de su anatomía que resultaba visible era asombroso: los brazos, las piernas, el torso, el cabello. Llevaba un minúsculo tatuaje en el tobillo, y aunque después amplié la imagen, al ser esta una instantánea borrosa, no he podido averiguar de qué se trataba.

Además de la similitud de su aspecto y el mío, me llamó la atención que la mujer no me mirase ni una sola vez, por más que si lo hacían los demás ciudadanos que esperaban el semáforo en verde, pues tanto las perritas como yo estábamos bloqueando su futuro paso, sin respetar la formación habitual en estos casos. Estorbábamos y llamábamos la atención de todos, excepto la suya. Mi doble parecía absorta en sus pensamientos, y fue por eso que se perdió la ocasión excepcional de que ella me hubiese mirado y quizá reconocido como su sosias.

Al llegar a casa, enseñé las fotos a mi hija de siete años. Inmediatamente me preguntó que quién me las había tomado. Después observó el pequeño tatuaje del tobillo y me tranquilizó diciéndome que esa mujer y yo no podíamos ser la misma persona porque yo no tengo ningún tatuaje en mi piel. Y aunque yo no creo en las señales ni en las sincronías, no sé por qué me vino a la memoria el nuevo salón de tatuajes del barrio, con grandes ofertas por su reciente inauguración.